Crónica, Tragedia anunciada en Manzanillo: cuando la montaña habló y nadie escuchó.

Su historia no comienza el día de la tragedia. Comienza muchos años atrás, cuando las manos del hombre ignoraron el Plan de Ordenamiento Territorial y el silencio institucional se volvió parte del paisaje.

Corría el año 2015. En la vereda El Manzanillo, la vida transcurría con la calma de siempre, hasta que una tarde cualquiera empezaron a correr rumores entre vecinos. En la parte alta, por donde nace la quebrada La Potrerita, detrás de lo que muchos conocen como la “casa china”, algo estaba pasando.

Máquinas removían la tierra.
La montaña, poco a poco, empezaba a cambiar.

La comunidad, inquieta, decidió verificar. En ese momento, uno de los integrantes del acueducto Agua Pura levantó la alerta y comenzó a realizar gestiones en la casa de gobierno, denunciando construcciones en una zona de protección forestal, según el POT.

Se hizo una primera visita por parte del corregidor de la época. La respuesta buscó calmar: “se están haciendo remociones para unos sembrados”.
Pero el tiempo pasó… y las dudas crecieron.

En una nueva reunión, en el mismo espacio institucional, el tema volvió a la mesa. La respuesta fue la misma. Esta vez, la comunidad no guardó silencio:

¿Y desde cuándo los sembrados están dando frutos en forma de casas?

La pregunta incomodó. Obligó a una nueva visita.
Esta vez, el corregidor no salió con tranquilidad, sino con asombro.
El proceso inició en corregiduría y llegó hasta Corantioquia.

Pero la montaña ya había empezado a hablar… y aún no era escuchada.

Ante la falta de respuestas, la comunidad intensificó la presión. A través de los medios lograron visibilizar la problemática, incluso con una nota en Hora 13 Noticias. No era solo percepción: era evidencia.

Como líderes, en conjunto con el acueducto Agua Pura, organizaron un recorrido hasta el lugar de los hechos. Querían que la comunidad viera con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. El ingreso fue por la finca El Cacique.

Al llegar, no hubo dudas.

Las explanaciones eran reales.
Pero lo más alarmante no era solo la intervención, sino el destino de la tierra removida: estaba siendo arrojada directamente a la quebrada.

Ahí todo cobró sentido.

El porqué del agua colorada.
El porqué del cambio en la quebrada.

La denuncia no se hizo esperar. Nuevamente acudieron a la corregiduría, en cabeza de Juan José Orrego, a Corantioquia y a otras dependencias. Esta vez, más preocupados que nunca.

Pero la realidad, como la quebrada, siguió su curso.

Las intervenciones no se detuvieron. La ladera, parte de una zona de reserva para la conservación del agua y del suelo, continuó siendo alterada. Hubo recorridos, incluso con presencia institucional, pero las respuestas nunca fueron contundentes.

Miradas.
Silencios.
Y ninguna acción concreta.

Ante la ausencia de soluciones, la comunidad decidió alzar la voz públicamente. Se grabó un video, se documentó la situación y se difundió.

Para 2017, la presión comunitaria logró algunos avances. Se conformó una comisión accidental liderada por el concejal Ricardo León Yépez, del partido Cambio Radical. De allí surgieron decisiones importantes: la prohibición del ingreso de escombros en el territorio de Manzanillo y Jardín, monitoreos constantes por parte del DAGRD y jornadas de limpieza en la quebrada.

Pero el daño ya estaba hecho… y seguía creciendo.
El proceso quedó, en esencia, en lo sancionatorio.

La quebrada La Potrerita estaba prácticamente taponada. El agua apenas lograba abrirse paso entre el material sedimentado durante años. Lo que antes era un cauce vivo se convirtió en una amenaza silenciosa.

Una bomba de tiempo.

La Secretaría de Medio Ambiente realizaba limpiezas periódicas con maquinaria, especialmente en la zona de la batea, en la entrada a la finca El Cacique, donde el material se represaba constantemente. Pero eran acciones reactivas, no preventivas.

Hasta que el ingreso se cerro.

En ese momento, la Secretaría ya no pudo continuar con las limpiezas. Desde la comisión se logró una intervención: se amplió la capacidad hidráulica del punto crítico, cambiando el diámetro del tubo por uno mayor.

Pasaron los años.

En 2023 cayó el puente de la batea, una estructura que, aunque no diseñada para ello, funcionaba como barrera frente al material que la quebrada arrastraba. La presión fue demasiada. El muro no resistió y colapsó.

Gracias a la gestión de la JAC El Jardín, se consiguió un permiso por escrito para ingresar maquinaria y retirar el material acumulado.

Pero el daño ya estaba hecho. Y la montaña seguía guardando todo.

Hasta que llegó la madrugada del 29 de abril de 2025.

La noche se rompió con la lluvia. No era la primera vez que llovía con fuerza en Manzanillo, pero esta vez el terreno ya no tenía cómo responder. La quebrada, cargada de años de sedimentación, no soportó más.

La avalancha bajó con furia.

Arrasó con todo a su paso.
Se llevó lo construido.
Se llevó la tranquilidad.

Y se llevó lo más irremplazable: la vida de dos seres humanos, una madre y su hijo, habitantes de la vereda El Manzanillo.

Sus sueños quedaron enterrados entre el lodo.

Diez años después de las primeras denuncias, la tragedia que muchos temían finalmente ocurrió.
– Una tragedia anunciada.
– Advertida.
– Documentada.
– Pero no evitada.

Hoy, la montaña guarda memoria.
La quebrada sigue su curso.

Y la comunidad, con dolor en la voz, se pregunta cuántas veces más tendrá que hablar para ser escuchada.

Porque en Manzanillo, esta no es solo la historia de una avalancha.

Es la historia de un territorio que gritó a tiempo… y al que no le respondieron.

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